Mientras nuestro cerebro sea un arcano, el Universo, reflejo de su estructura, será también un misterio
(Santiago Ramón y Cajal)


9 de marzo de 2008

Una estructura emocional: la amígdala

En neurobiología es casi imposible implicar a una sola estructura nerviosa en una determinada conducta, respuesta fisiológica, percepción, memoria, etc. Así, cuando decimos que una cierta porción del sistema nervioso es responsable de un determinado fenómeno no se suele querer decir que esa parte es la única responsable. En el caso de las emociones, si tuviéramos que elegir la zona más significativa, quizá habría que escoger la amígdala, una parte del sistema límbico ubicada en los lóbulos temporales, una estructura que es mucho más grande en los humanos que en nuestros parientes evolutivos más cercanos y que permite que nuestra variabilidad emocional sea mayor.
Las investigaciones recientes indican que la amígdala tiene una importancia capital en aquellas conductas que están implicadas en la supervivencia y, entre ellas, las emociones ocupan un lugar preeminente. A la amígdala llegan muchas señales nerviosas procedentes de los receptores olfativos, de la neocorteza sensitiva, de las áreas de asociación visual y auditiva, etcétera. Pero también, de la amígdala salen impulsos nerviosos que se dirigen a esas mismas zonas de la corteza y al hipocampo, al tálamo, al hipotálamo y otras zonas cerebrales. Concretemos un poco más. De la amígdala parten impulsos nerviosos que llegan a regiones cerebrales muy diversas que guardan relación con importantísimas funciones estrechamente vinculadas a las emociones: expresiones faciales de miedo, secreción de algunas hormonas, aumento de las frecuencias cardíaca y respiratoria, etc.
Si usted se detiene a reflexionar sobre las zonas que conectan con esta estructura, comprenderá fácilmente que haya sido considerada una pieza fundamental en el control del medio y los pensamientos. Pues bien, este control tiene una misión fundamental: ayudar a crear una conducta adecuada ante los sucesos que ocurren alrededor. Veamos.
Desde el tálamo llega a la amígdala una información muy rudimentaria, sin connotación alguna, de lo que sucede en el mundo —un sonido o una imagen, por ejemplo—, y desde la corteza llegan señales nerviosas que facilitan el reconocimiento del sonido o de la imagen.Es evidente, pues, que la amígdala es un importantísimo “nudo” de comunicaciones cerebrales. Es un controlador de gran parte de la información sensorial que envía mensajes ante las situaciones alarmantes o como se ha llegado a escribir, la amígdala es “una especie de ventana a través de la cual el sistema límbico, aprecia el lugar de la persona en el mundo” (Guyton, 1989).